«¿Ya estás vacunade?», preguntó, sonriente, al rozar el puño e intentar un beso, saludo singular, efecto de una pandemia en lenta retirada, como las aguas dudosas de un río que se seca. En tamaña presentación, para quienes el lenguaje es un modo de referir el mundo y relatar la propia persona, ya se pudo leer una mente abierta, expandida, buscadora, plantada en la necesidad de construir un paradigma nuevo, en la otra orilla de los prejuicios.

 

Cielito, cielo del sur / El cielo más estrellado… escribe Claudia Montenegro en el remate de La luna en el aljibe, una obra en clave de dramaturgia que premió en su convocatoria el Centro Cultural Provincial de Santa Fe, y en la poética de las palabras vuelve a respirar la ciudad en su casco fundacional, al sur, el barrio que le imprime espíritu de azahares y carnaval. Ahí nació la voz que le fue hilvanando coherencia a su vida. «De niña yo quería ser niña, tenía una experiencia lúdica constante, mi padre tenía un telescopio y en el patio, con mis hermanos, hacíamos cola para ver la luna. Mi madre era profesora de letras y declamadora, siempre nos contaba cuentos. Eso fue vital para después escribir. Mis abuelas también fueron muy importantes, con sus cantos y sus historias de malones… todo eso me despertó las ganas de contar.»

De los cuentos iniciales a la dramaturgia transcurrieron experiencias y tiempo. Sin embargo, en las aguas creativas y la mirada contestataria siempre nadaron las mujeres y asegura que «siempre he sentido la necesidad de contar desde ese lugar, de las indias, de las negras, de las mujeres encerradas en las casas, de las luchas por tener lo que hoy estamos consiguiendo: la igualdad, la libertad. Siento esa voz adentro mío y se construye en personajes, en algún grito, de alguna manera». Esa reflexión sobre el mundo y las cosas le llega a Claudia, como un regalo, en una infancia que pervive en el recuerdo: «El Niño Dios le había traído a mi hermano mayor un mecano y a mí una batería de ollas. Yo deseaba fuertemente el mecano pero, en esos tiempos, no era un juego para nenas. Hace un tiempo, le dije a mi hermano que si me hubiera prestado el mecano yo sería ingeniera mecánica y no abogada y, más recientemente, le agradecí por no habérmelo prestado porque gracias a eso soy escritora, y serlo me gusta mucho».

El arte de la palabra fue tejiendo la voz de Claudia y, a la par, en su formación académica como abogada, también pudo hablar y construir mundos posibles donde las mujeres pudiesen gozar de derechos negados a lo largo de la historia: «Tengo una única voz que se manifiesta de distintas maneras. En esas resonancias no coincido con la imagen de una justicia de ojos vendados, me parece tremenda. Creo que la justicia debe tener los ojos bien abiertos para mirar a la cara a las personas, no sólo a los varones heterosexuales que ha visto siempre, sino empezar a ver la diversidad, las riquezas que existen en esa diversidad y sus respuestas diferentes. Escribir también tiene que ver con eso, porque son las voces de esas mujeres las que hablan, y me parece maravilloso poder escuchar y escribir esas voces de les otres, Ponerme en otras pieles, aún en las que el sistema patriarcal ha determinado».

Con esa perspectiva de género nacida en el deseo de no corresponder a los mandatos establecidos, aprehendida en la Nochebuena de un año lejano entre los esplendores de un juego de cocina que no la seducía, Claudia empezó a desarrollar el deseo de la sororidad: «Creo que a ese sentimiento lo pude desarrollar gracias a mi padre y a mi madre, que no parecían de esa época, pensaban con una cabeza muy amplia, tan cercanas al arte y, así, supe que la mía nunca es verdad absoluta y que es necesario escuchar a los otros, las otras, les otres, que todo está en perfecto movimiento, que podemos cambiar». Esa capacidad de transformación la llevó a lugares de protagonismo en la lucha por los derechos de género: «La jauría nos fue juntando. Mujeres que pensábamos de manera semejante nos fuimos conociendo. De chica ya entendía que había cosas que estaban mal, que eran injustas, no concebía que los varones salieran a la calle a hacer mandados y las mujeres nos quedáramos a poner la mesa. Yo quería hacer mandados, tener el mecano y la libertad. Y a la libertad había que construirla».

El afán por transformar el mundo llevó a Claudia a espacios radiales, como en Santa Elena, en Entre Ríos, donde vivió y condujo su primera experiencia mediática con una vecina. En Nosotras las mujeres se planteaban temas como la violencia de género, tópico que se repitió en Mujeres de fin de siglo y Arquetipas, un trabajo propositivo de pensar en la ley de Derechos Sexuales y Reproductivos, la especialización en la atención a víctimas de violencia, en el estudio jurídico y en el Poder Judicial y el surgimiento de la cátedra de Género y Derecho en la Universidad Nacional del Litoral. «En esas andanzas conocí a Chabela Zanutigh, ella me hacía ver cosas que no veía, en medio de una gran afectividad, y eso me hizo conformar mi perspectiva. No quiero un poder sobre el resto, quiero un poder con y para, que se construya colectivamente, y siempre con amorosidad. Una no camina sola. Las mujeres estamos en determinados lugares gracias a puertas que otras fueron abriendo, y hay que andar juntes en este camino. Tenemos que construir algo distinto. Quiero una construcción amorosa.»

En Claudia Montenegro el feminismo, el derecho y la literatura son escrituras que provienen de esa voz que le dicta los pasos y que se convierte en palabra: «La palabra es sanadora. Siempre escribí cuentos. Hace seis años empecé a estudiar dramaturgia, tenía la necesidad de dar identidad a cada una de las voces de las obras. Para mí, el género más difícil de escribir es tridimensional, por llamarlo de alguna manera, porque definitivamente es otra persona la que debe hablar. No por dificultoso deja de ser maravilloso, el resultado es casi un milagro. En esa experiencia creadora, el arte siempre me salvó». Su pieza reciente y premiada, La luna en el aljibe, cierra el círculo perfecto y simbólico. Después del trabajo minucioso de encontrar las voces diversas del relato, la obra se está preparando para ser presentada. La puesta en escena, que maravilló a su autora al atisbar el ensayo, representa el viaje de la palabra desde su concepción en el trabajo solitario de escritura, dictado por esas voces escuchadas en el pacto creativo, hasta el sonido real que la devuelve al oído y las sensaciones de otras personas que las asimilan a sus fibras íntimas. Es así, probablemente, como el mundo cambia su vértigo. Ya lo asegura ese cielito final, poético, de luna y aljibe, en la noche presurosa: Cielito, cielo que lleva/ancadas en las estrellas/ a las niñas que se escapan/ con malones libertarios…

«Siempre he sentido la necesidad de contar desde ese lugar, de las indias, de las negras, de las mujeres encerradas en las casas, de las luchas por tener lo que hoy estamos consiguiendo: la igualdad, la libertad.»

«Creo que la justicia debe tener los ojos bien abiertos para mirar a la cara a las personas y empezar a ver la diversidad, las riquezas que existen en esa diversidad y sus respuestas diferentes.»

«De chica ya entendía que había cosas que estaban mal, que eran injustas, no concebía que los varones salieran a la calle a hacer mandados y las mujeres nos quedáramos a poner la mesa.»

Texto: Fernando Marchi Schmidt

Fotos: Ignacio Platini

Dirección de arte: María Virginia Platini para Estudio Fotográfico «Mario Platini»

Estilismo: Mariana Gerosa

Nombre de sección: Perfiles

Edición: N° 86

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